Vientre

Desde ese sábado en la noche que ella se marchó, desde el momento que su avión despegó en rumbo hacia Tel Aviv con escala en Buenos Aires, desde esa noche que se apagó la luz de mi cocina, desde esa partida que ella en su vientre lleva a la vida que dejó atrás.
Ese último shabat ella miraba a las velas sin poder pronunciar la bendición, sin sentir el fuego en sus manos, sin saber como decírmelo. Prefirió quedarse callada, no tuvo el coraje de decirme que no me necesitaba, que no quería que le cortara las alas y decidiera por su destino. No me dejaba preguntarle porque se iba, solo pasaríamos la última noche como si el día de mañana no existiese.
El avión ya se aterrizaba en su destino final cuando llegué a cambiar la ampolleta de la cocina. Fue ahí, sentado en el comedor, que empecé a hacerme la idea de un vientre que lleva a la vida que ella dejó atrás, de una vida que no tendría porque reconocer.
Ese último shabat ella miraba a las velas sin poder pronunciar la bendición, sin sentir el fuego en sus manos, sin saber como decírmelo. Prefirió quedarse callada, no tuvo el coraje de decirme que no me necesitaba, que no quería que le cortara las alas y decidiera por su destino. No me dejaba preguntarle porque se iba, solo pasaríamos la última noche como si el día de mañana no existiese.
El avión ya se aterrizaba en su destino final cuando llegué a cambiar la ampolleta de la cocina. Fue ahí, sentado en el comedor, que empecé a hacerme la idea de un vientre que lleva a la vida que ella dejó atrás, de una vida que no tendría porque reconocer.



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