El otro

Estoy rodeada por gente que no comparte los mismos códigos que yo. Juro que es la última vez que celebro januca con extraños cuando me interrumpan la oración preguntando si ya es hora de comer latkes. Juro que es la última vez que alojo amigos extranjeros cuando encuentro pateé francés en mi refri. Juro que es la última vez que comparto con mis vecinos cuando me tratan de marciana por no tener manteca en la casa ni prestar mi menorah cuando no pagaron Chilectra. Juro que no volveré a salir con un goy cuando me pregunta con que se come el idish.
Me hago la parvularia de educación judía con mis amigos goyim de toda la vida. Llegan a insistir que prueben mi comida primero para que no sea treyf, me avisan por teléfono la llegada de productos kosher al Jumbo, me hinchan que mi mezuzah este bien puesto, tienen elegido el nombre hebreo de mi hija aun no nacida, me invitan a comer los viernes para que no cocine.
Cada vez que menciono a un nuevo prete, sale un coro de voces “¿...es goy, no cierto?” y rápidamente me repiten las palabras de mi madre “nuestros antepasados no dieron sus vidas para que tú llores por un goy”. Antes de una segunda cita, le hacen pebre al individuo shaygetz y te dejan con la duda, “seguro que es casado”, “no sabia que de ese instituto egresaban ingenieros”, “imagina los almuerzos después de la misa de domingo”. Todos tienen una prima que se casó con el tipo más tolerante, tolerante hasta que nació el primer hijo. Bautizo en lugar de llamar al mohel, primera comunión en lugar que el niño participe en la tnúa, Verbo Divino en lugar del viaje de curso a Eretz Israel.
Todos me avisan cuando conocieron a un judío. “Era casado”, “era muy bajito para ti”, “no me daba confianza” pero siga participando, ya lo vamos a encontrar. Mi amigo me cuenta del vecino que el papa lo mandó como castigo a hacer aliá, luego se casó allá y no, no tenia hermanos. Mi primo lamenta que en la sinagoga de Hong Kong solo hay chinos conversos. Me pasan el dato que en Monte Patria hay un soltero, no muy atractivo pero muy mensch, nu, esta enganchado con una shikse y se fue a la cuarta región por ella pero, oy, son detalles.
Para mi buena yiddishe mame, la única profesión aceptable es de balabuste, sin marido e hijos mis cuatro posgrados valen hongo. Mi padre me pasa la tarjeta de un rabino, famoso por conversión express, “para que te cases, ya?”. Guardo el pañuelo que me regaló mi bobe y dejo de ver páginas sobre sheitl cuando me entero que el chico ortodoxo que me gustaba en realidad pololea con un amigo de un amigo mio.
También cruzé la cordillera para probar la suerte. Los porteños no estaban para dejar su barrio Once por la provincia de Santiago y yo no estaba dispuesta para integrarme a la crisis argentina. Vino mi gran pinche sabra para las fiestas patrias. Por mucho tiempo me alimentaba la ilusión que esta vez si, hasta que llegó desde Miami para psicoanálisis intenso en mi futon. En el asado de 18 me dejó sola en el campo y yo solo podría culpar a Hitler que en el mundo pos-shoa encontrar un beshert era misión imposible y agradecer a Entel por la señal rural que me permitía desahogar con mis amigos.
Aunque mi postre de manzana con miel ya sabía igual a la receta de mi bobe, aunque me había vuelto a estudiar Talmud en las noches, aun así sucedió. Llegó la fruta prohibida y oy, me enamoré de un goy. No estaba en mis planes por cierto mientras esperaba la certificación kosher de leche de chocolate pero aun así, sucedió.
Convertí “la mezcla de culturas nos enriquece” en mi lema y dije un shema extra por si acaso. Repasamos juntos lo esencial sobre los festivos, Yom Kipur no se come, Purim se toma, Pesaj sin pan, Rosh Hashaná con miel. Hasta que me di de cuenta que venderle judaísmo como la religión de las comidas ricas era vender la pomada misma, se trataba de algo mucho mas que eso. Volví a sentir el “otro”, sentí que el pañuelo de mi bobe me protegía más en la calle Ahumada que el hombre que amaba.
Quizás no será mi baalat teshuvah pero en mi libertad condicional volví reconocer a mi misma, quien soy y de donde vengo. Lloraré porque tengo pena, no porque es goy, amaré porque es bueno conmigo, me las juego porque vale la pena, me tiro a la piscina porque así de importante me es, no discriminaré porque no quiero que me discriminen a mi. No trataré de “otro” a nadie porque no quiero ser el “otro” y para la culpa esta
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Shabat shalom.
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