Aventura

Me tenía sin cuidado si era un tupolev de la era soviética o su cantidad de escalas transitorias, cuantas guaguas lloraban en las noches, si había comida kosher o si el licor de menta parecía a pasta de dientes. Los asientos incómodos me parecían irrelevantes, si lograba dormir con el ronquido, si las frazadas tenían hoyos o que nunca más iba a ver mis maletas. No me preocupaba la reputación de la línea aérea ni los chismes que escuchaba cuando me levantaba para ir al baño, si me quedaba pegada con la única película doblada al polaco que daban toda la noche o si me puse el cinturón de seguridad. No me sorprendió despertar al anuncio que hubo un problema técnico, que una señora necesitaba mi asiento, que había que volver a Santiago, que se suspendían los vuelos hasta un próximo aviso. Tampoco me costó mucho mentirle a mi amiga cuando muy ilusionada me preguntó como lo había pasado, que fue una aventura como cualquier otra, que todo pasó por no tener un destino en común.



2 Comments:
At 10:27 p. m.,
Anónimo said…
Lo comido y bailado no se te lo quita nadie.
At 2:48 p. m.,
Anónimo said…
Ese es el espiritu, aventurera.
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